Escribir el ahora

A veces voy corriendo y la escritura fluye en mi conciencia como si estuviera delante de un papel, o de esta pantalla.

— Antonio Muñoz Molina

Leo un artículo de Muñoz Molina (“Salir corriendo”), y noto que, también en mi caso, la escritura transcurre inextricablemente unida al cuerpo. Durante años pensé lo contrario. De un plumazo, borraba cualquier intento de que nadie me convenciera de lo contrario. Cuando alguien, o la realidad misma, se empeñaba en ello, animándome a que usara mis manos para cualquier tarea que me alejara de mis bolígrafos y el golpeteo del teclado, rápidamente aducía: “Quita, quita. A mí las cosas manuales se me dan fatal”.

Manos dibujando. M. C. Escher

Manos dibujando. M. C. Escher

Ahora me río. ¿Acaso escribo con los pies? ¿O, quizás, con esa entelequia que llamamos “mente”? Disfruto cada vez más la parte física de la escritura. A menudo me detengo en el simple contacto de las teclas bajo los dedos y noto, que solo con ese acto, soy feliz. Y puede sonar absurdo, pero cada vez me complazco más en el disfrute de los momentos sencillos, y la escritura no es ninguna excepción. Ya hace tiempo que decidí que, si hay que elegir entre ser “escritora” o ser feliz, elijo sin duda lo segundo —y también lo podría entrecomillar porque eso incluye, no te engañes, la entrega y la constancia y el dolor y la ternura y, sobre todo, la elección consciente—.

Y no sólo esto. No sólo el disfrute del mismo acto de escritura per se, sin pretender alcanzar esto o lo otro o que tú, lector, pienses sobre mí lo de acá o lo de acullá. Es que, además, me maravilla ser testigo de cómo el estado de mi cuerpo repercute en el resultado final —es un decir— de la escritura. Es como si la corporalidad fuera una oleada intensa —la más intensa de todas, en realidad— en la confluencia de circunstancias que resultan en este texto que ahora se muestra ante tu mirada.

Cada vez me interesa más la escritura del presente. Durante un tiempo me martiricé porque de mi mente apenas surgían relatos, historias, elucubraciones (o “enajenaciones mentales”, como dice la escritora Rosa Montero), eso que finalmente resulta en la “novela”. Ahora me permito escribir sobre aquello que me maravilla, que es este momento. Ya sabes, lo único que tenemos; y que, bajo una pátina de tedio y aparente falta de valor intrínseco, esconde la vida entera, replegada en cada detalle ínfimo en el que puedes reparar, en esta misma respiración.

El hijo del hombre. René Magritte .

El hijo del hombre. René Magritte .

Por supuesto, yo también me pierdo en los automatismos. Eso sí, de vez en cuando hago el ejercicio de detenerme y formularme la pregunta: ¿Qué hay ahora de… especial, sorprendente , disfrutable…? ¿Qué hay ahora capaz de hacerme feliz? Y me pongo los ojos de los niños, que lo ven todo con frescura infinita, que no están cegados por la rutina y la repetición constante de ciertos estímulos, y te seré sincera: siempre encuentro algo por lo que ser feliz en este preciso instante.

Y te das cuenta de que la consabida frase, “sólo hay un momento para ser feliz, y es ahora mismo”, no es una frase hecha, un mero lugar común —aunque lo sea—, sino que esconde una verdad precisa, casi palpable. Quizá la más sólida de esto que llamamos “realidad” y, al mismo tiempo, la más escurridiza.

La felicidad, así lo veo ahora mismo, es un hábito, apenas la repetición continua de este ejercicio. Salir del malestar automático de querer estar en otro sitio, haciendo otra cosa, siendo otra persona, y hacerte esta pregunta: ¿Qué hay, en este mismo momento, que me pueda hacer feliz ahora?

Y siempre hay algo.

Pero hay que mirarlo.

Porque si no, sucede como en el ya clásico vídeo del gorila.

Tanto vemos los obstáculos, que nos perdemos el placer por considerarlo anomalía.