La huida y la contemplación

En ocasiones, la experiencia en la que hundirse y profundizar, donde enterrar las manos y explorar como buceando en una textura cenagosa es, precisamente, la tendencia de la mente a escapar de este mismo momento.

Las etapas hacia la calma mental, según el budismo tibetano.

Las etapas hacia la calma mental, según el budismo tibetano.

Y es que en ocasiones nuestro anhelo de vivir con toda intensidad es hasta divertido, cuando lo que observas es, precisamente, la propensión de la psique a escapar del ahora, en una persecución de realidades imaginadas que nunca existirán, pero que en el acto de ensoñación aparecen como sólidas, concretas.

Paradójicamente, la práctica se hace honesta y valiosa cuando nos adentramos en ese terreno pantanoso, paralizante, aterrador. Y uno utiliza “trucos” como meditar, atender a la respiración, tumbarse unos minutos o permitirse un tiempo de yoga o ejercicio físico. Y todo ayuda, y a veces eso mismo te permite salir del bucle traicionero. Pero en otras ocasiones la mente se muestra especialmente insistente, como un cachorro inquieto que tan sólo quiere jugar —y que no cejará en su empeño—.

Con la práctica, con los años, he aprendido que el ejercicio no consiste tanto, o no sólo, en moldear la mente, como en observarla con curiosidad, es decir, de una forma íntimamente inquisitiva, sea cual sea su estado. Entonces, y sorprendentemente, dejas de ser su esclavo y se produce la transformación.

Lo que ves es que la mente tiene vida propia, y que está fuera de tus capacidades —al menos en este momento— el “domarla” y forzarla a que actúe siempre como lo haría ese ideal que, asumámoslo, tan solo existe en la imaginación.

Creo que desear el cambio y el fin del malestar psicológico es un paso necesario para el comienzo de la práctica, y es enormemente útil durante un buen tramo del camino. Pero luego existe otro: la integración de que es posible que nunca domes a ese caballo desbocado. Y entonces, justo entonces, se produce un aquietamiento que no es forzado, sino que emerge por sí mismo, como el juego de los niños, que simplemente son aquello que emerge en ellos de manera espontánea.

Cuando observas con curiosidad esos mismos juegos de una mente que habita en un engañoso laberinto de cristal es cuando dejas de estar fusionado con esa irrealidad pegajosa, la puedes contemplar, te separas de ella y, por tanto, dejar de tener (al menos todo su) poder sobre ti.

La calma, extrañamente, se encuentra a menudo en dar espacio a nuestros demonios y dejarles danzar ante nuestra mirada, como si fueran esas nubes que el ser humano ha contemplado desde que le atravesó, como un relámpago, el primer atisbo de consciencia.