9 formas en las que mindfulness se relaciona con la creatividad

Life Redemtion.  Oliver Indri .

Life Redemtion. Oliver Indri.

Uno de los efectos más llamativos que he encontrado en algunas de las formaciones de mindfulness que he impartido ha sido el de cómo las personas que ya ejercitaban su creatividad de una u otra manera integraban de forma muy natural la práctica en su proceso creativo, y cómo éste se intensificaba y se hacía, por así decirlo, más “genuino” y conectado con aquello que era realmente importante para ellas.

Se trata de un tema sobre el que aún queda mucho por saber y de una enorme complejidad. De hecho, cada uno de los puntos que cito a continuación da, por sí mismo, para toda una investigación. Pero esto, por ahora, sólo quiere ser una breve relación en forma de enumeración en la que más adelante profundizar:

  1. Mindfulness supone, en esencia, la práctica de activar y desactivar ciertas regiones cerebrales a voluntad. Y, te preguntarás, ¿qué tiene que ver eso con la creatividad? Mucho. Contrariamente a lo que se ha descrito en ocasiones, la creatividad no consiste en un único proceso mental, sino que más bien se trata de la suma de varios. Si la persona que practica está “entrenada” en activar y desactivar (en términos relativos) ciertas partes de su cerebro de manera intencional, de alguna forma también será más hábil en “guiar” el proceso de las distintas etapas de la creatividad, especialmente si ya tiene un cierto manejo de éste por su experiencia previa.

  2. La creatividad requiere de una oscilación consciente y elegida entre las redes neuronales de inhibición y de improvisación —tal y como se lleva a cabo en una sesión de jazz—, a su debido tiempo y en su justa medida para obtener resultados que sean a la vez novedosos y útiles (es decir, creativos). Mindfulness fortalece precisamente esta capacidad de elección entre distintos procesos mentales.

    De las cuatro fases de la creatividad (preparación, incubación, iluminación y verificación), mindfulness puede ayudar especialmente en la segunda etapa, si bien, a mi juicio, puede participar en todas ellas, y me explico:

    • Preparación: Esta fase se puede centrar en recopilar información o realizar una lluvia de ideas para visualizar el abanico de posibilidades con el que contamos. En ambos casos, tanto la habilidad de inhibir los impulsos y focalizarse en la tarea, como la actitud de apertura que propicia la práctica, pueden ser de gran utilidad.

    • Incubación: En ella es donde el ejercicio de mindfulness juega un papel más explícito, al permitirnos contar con un espacio de calma a donde “retirarnos” siempre que sea adecuado, lo que facilitará reponer energías y volver a la “batalla” (o al baile) con fuerzas renovadas y una mayor claridad mental.

    • Iluminación: Aquí se encuentra el famoso “momento ahá” por todos buscado y, a la vez, tan escurridizo. La clave para llegar a este instante que se suele producir en momentos de relajación distendida o cuando, en principio, no se está haciendo “nada” —momento ducha, por ejemplo— es, curiosamente, haber abandonado la concentración intensa, permitiendo así que la parte más inconsciente de nuestro cerebro haga su trabajo.
      Para que esto suceda, eso sí, es necesario que exista cierta calma, ya que si el cuerpo percibe que está a punto de ser devorado por un león o que hay que entregar un informe a tiempo —salvando las distancias, igual da— derivará todos sus recursos a aquellas acciones que considere esenciales para la supervivencia. Y el procesamiento inconsciente de la información no está entre ellas. Por lo tanto, fortalecer nuestra capacidad de reducir el estrés o contar con una cierta calma basal se torna esencial para el desarrollo del proceso creativo (si bien, en el día a día, el contar con una fecha límite no ha de ser el asesino de la creatividad y, al mismo tiempo, se hace necesario en cualquier caso cierto espacio mental).

    • Verificación: Se trata ahora de la etapa de pensamiento convergente, de comprobar hasta qué punto la opción u opciones elegidas son realmente factibles. De nuevo, el foco y la capacidad de “volver” una y otra vez al objeto de atención (en este caso, la verificación misma) pueden ser de gran ayuda.


  3. La investigación apunta a que la creatividad aumenta en meditadores de largo recorrido, además de ser mayor cuando la red neuronal por defecto está menos activa (precisamente lo que facilita mindfulness, si bien existen otras maneras de reducir esta actividad, como el deporte). En el corto plazo, se ha encontrado relación entre la práctica de atención abierta (open meditation awareness) y el pensamiento divergente o la capacidad de generar ideas.

  4. Podríamos hablar de, o al menos considerar, la posibilidad de que haya una creatividad ‘propiamente mindful’. Krishnamurti la llamaba “creatividad verdadera”, y es la capacidad de soltar todo condicionamiento de la mente (es decir, todo pensamiento teñido de aferramiento o aversión) antes de afrontar un problema. Llevado a la práctica, puede consistir en llegar a momentos de gran concentración o calma, abandonando todo aferramiento, permitiendo después que de ahí surjan los pensamientos creativos.

  5. La creatividad no es solo mente o, mejor dicho, no es sólo cerebro y, de hecho, la sensación de vitalidad ha estado tradicionalmente unida al proceso creativo. Es difícil saber qué es exactamente lo que sucede en el cuerpo para que el movimiento propicie la creatividad, pero que esto pasa es bien conocido entre artistas y creativos. El paseo ha sido muy utilizado como forma de permitir que las ideas acudan a la mente. Otras formas como el yoga o la carrera, incluso meditativa —y cualquier tipo de movimiento atento, en realidad— pueden ser también muy efectivas.

  6. La mayor fuente de creatividad es el momento presente o, si prefieres, la propia vida. Para cualquier artista o creador la creatividad nace de una conexión y observación atenta de este mismo momento, un permitir que se desarrolle aquello que está teniendo lugar en el mundo tanto externo como interno, nutriendo a la vez todo aquello que se considere de valor, así como una apertura a expresarlo y compartirlo con los demás.

  7. La creatividad va unida a la vulnerabilidad. Supone una cercanía a la la herida que todos compartimos (aquella grieta por la que entra la luz, que decía Leonard Cohen). Y esto no siempre es fácil. Por ello la amabilidad y el autocuidado propiciados por la práctica son de gran ayuda, al menos si lo que se quiere es cultivar no sólo la creatividad, sino también la capacidad de entrar en estado de flujo y el bienestar psicologico.

  8. La creatividad, además, ha estado históricamente unida a la meditación. A veces de forma implícita, como, por ejemplo, en la forma en que muchos poetas transitan ese camino de calma-conexión-apertura-expresión genuina. A veces, de forma más explícita, como en los ya conocidos haikus o en obras contemporáneas como El camino del artista, de Julia Cameron, o El gozo de escribir, de Natalie Goldberg. Por supuesto, también en la música o en la pintura.

    Bajo mi punto de vista, todas estas expresiones comparten algo en común: el moldear el estado de la mente, es decir, partir de una cierta calma y una observación abierta de lo que hay para, a partir de ahí, actuar y dejarse llevar por aquello que emerge (dejando la tarea de verificación, poda o corrección para después). Una forma de obrar que, en realidad, todos podemos llevar a la resolución de problemas o retos que afrontamos en nuestro día a día.