Algunas notas sobre el perfeccionismo (y cómo superarlo)

“Pensé que convertirme en yo misma / suponía mejorar cada parte / pedazo a pedazo / Pero en realidad consistía en / encontrar una totalidad escondida / contemplando las fracturas / como parte del diseño. Brianna Wiest. Imagen de  Thought Catalog

“Pensé que convertirme en yo misma / suponía mejorar cada parte / pedazo a pedazo / Pero en realidad consistía en / encontrar una totalidad escondida / contemplando las fracturas / como parte del diseño. Brianna Wiest. Imagen de Thought Catalog

Si eres minucioso, te gusta “hacer las cosas bien” y prestas atención al detalle hasta, a veces, perder la mirada más amplia; si cada paso que emprendes ha de ser, así, sin paliativos, el mejor; si en tu cabeza sólo existe una única respuesta; si el único horizonte permisible es aquel que, tan sólo como fantasma, habita tu mente; si alguna de estas frases es cierta para ti entonces, sin duda, has caído presa del perfeccionismo.

Además, si disfrutas esto de enlazar letras y construir relatos, transmitir ideas, y conectar con otros a través de la palabra, a buen seguro habrás sido presa de sus garras, al menos en algún momento .

Las buenas noticias: se puede salir. Ahora bien, merece la pena explorar con detenimiento esta trampa de la mente, ya que a menudo se convierte en uno de los peores tiranos y uno de los mayores obstáculos a la creación.

Aquí, algunas notas (no exhaustivas) sobre posibles formas de superarlo.

  • Lo primero, explora la utilidad del perfeccionismo. Si estás leyendo estas líneas es porque en ocasiones el perfeccionismo te atrapa y, al mismo tiempo, ya atisbas que esta forma de actuar no siempre resulta útil. Sin embargo, el perfeccionismo —entre otras cualidades— te ha llevado a donde estás hoy.

    El perfeccionismo es la búsqueda de una supuesta perfección ante, ojo, la mirada de los demás. En ciertos ámbitos, como el académico o el profesional, puede resultar útil para alcanzar un cierto estándar o dar un toque final a un proyecto que, este sí, parte de otro lugar, más cálido, más próximo a quien eres, más allá de la mirada social.

    En cualquier caso, es necesario ver el perfeccionismo cuando se apodera de tu forma de actuar, notar si te es útil en ese momento y, si no lo es, dejarlo ir.

  • Lo segundo, investiga qué hay de cierto en esa supuesta “perfección”. Una propuesta: no te limites tan sólo a leer o a escanear la información. Tómate unos segundos para “saborear” los siguientes enunciados, recordar, u observar si aquello que se menciona se está produciendo en este mismo momento. Esto permitirá que la información se asiente en la corteza prefrontal y que el aprendizaje sea mayor para ti —ya que esta parte de nuestro cerebro necesita más tiempo que, por ejemplo, aquella que lidia con lo que nos produce pavor—.

    • Nota cómo cada persona a la que consideres “perfecta” tiene, en realidad, sus “imperfecciones” —igual que todos las tenemos—. Sopesa la posibilidad de que esa persona haya sido capaz de, por un lado, aprender sobre sus “defectos”, modificarlos o integrarlos, y, por otro, “abrazar” la imperfección, es decir, incluirla en su vivencia de manera afectuosa.

    • Recuerda cómo cada situación que evoques como “perfecta” tenía sus incomodidades en ese momento. Ahora mismo puedes estar experimentando sensaciones que catalogas como “agradables” y otras que te parecen “desagradables”, junto a otras neutras en las que ni siquiera reparas. ¿Podemos incluir con amabilidad lo perfecto y lo imperfecto que coexisten en este preciso instante en la experiencia?

    • Nota cómo has conseguido algún objetivo cuyo logro te pondría en la situación, ahora sí, “perfecta”, y como las dificultades a afrontar, simplemente, han cambiado.

    • Observa cómo la imperfección es una parte inherente de la vida, porque ésta es dinámica, cambiante, flexible y adaptativa. Por tanto, suponer que existe una respuesta única o una sola forma de actuar, sencillamente, carece de sentido. El error es una parte esencial de la evolución.

El contento, esa sensación interna de calidez y entusiasmo que nace del aprecio de lo que ya está bien, conlleva el incluir lo que no se corresponde a ningún ideal y abrazar la sorpresa de lo inesperado.

Entre el perfeccionismo opresor y la dejadez y el abandono, existe un maravilloso punto medio que se encuentra en el obrar, a cada momento, desde la amabilidad y el puro juego. Para ello, quizá, se requiere de atención —a través de la cual es posible darse cuenta de cuándo uno se va y vuelve a actuar desde los viejos patrones automáticos—; de una disposición, que se puede cultivar poco a poco, a entrar en contacto con la propia vulnerabilidad, es decir, la propia imperfección; y de una mirada amplia que contemple la vida como un fenómeno mucho mayor que nos incluye, y que es, éste sí, imbatible, en última instancia incomprensible, y en cierto modo —quizá lo puedes apreciar así—, perfecto.